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eduardo lucio molina y vedia, argentina

Rehúses

 

Cierre y comienzo de viaje fue la incógnita de esa antesala bifronte que mi madre despejó una tarde indecisa -cual Jano, dios de Roma, sus dos caras deteniendo pasado y futuro- al irse del consultorio antes de tiempo con su tardío embarazo a cuestas.

     Así solemos nacer, de carambola.

      Si la historia no hubiese sido narrada por ella en cuanta ocasión creyera estar a solas con sus amigas yo seguiría soñándome fruto del espermatozoide de oro. Bastó oírla en confusa perplejidad para que atrios, vestíbulos, zaguanes, esos lugares de colindancia con el suceso, esperas de ritual frustrado, se convirtieran en una de las formas de mi tiempo. Estar en los bordes, asomarse, anticipar la temperatura del futuro, interceptarlo con su abrupta cancelación.

     ¿Por qué acercarse al umbral de lo que no será? Un pasaje no es un viaje ni una llave un acceso mientras no rehusemos la emoción de pervertir la cadena causal con un simulacro o amago. Cruzar el planeta no es más travesía que el periplo interior de adivinar la escena del juicio final en un crepúsculo rioplatense.

     Así ocurrió durante aquel regreso a Buenos Aires en el cementerio de  jerarcas de Moscú, frente a la abandonada tumba de Stalin, que miré a distancia con vago horror sagrado, sin la ofrenda floral prometida a la devoción de mi padre, y en París, ante el pulcro palier de mis parientes lejanos en la rue d’Argenteuil, que simulé visitar pero no quise ver.

     El conato establece un dominio, una eternizada superioridad. Es el imperio del acto fallido, el salón de pasos perdidos donde transitamos nuestras reflexiones.

     La dictadura argentina me había obligado a ir a Cuba por un laberíntico trayecto cuya primera escala fue Monrovia,  en la costa africana: 30 grados a las tres de la madrugada. Después a Zurich, con sus legiones de prostitutas inundando las calles céntricas a las diez en punto de la noche, y más tarde el trasbordo a la aerolínea checa, vía Viena hacia Praga. Allí el Moldava, la ribera difuminada en ondas, la plaza de Wenceslao (adónde irá una estatua ecuestre), los manzanos y las muchachas en flor, el puente de Carlos. Y más tarde las escalas en Reikiavik y Quebec hasta llegar a la isla de la gran promesa, esperanza en acto: su meta no era más luminosa que el trayecto.

     Volver fue el desafío de otra espera igualmente laberíntica. Evoco de aquel retorno los incesantes bosques de abedules blanquecinos, autos como en cámara lenta y barrenderas en anchas avenidas orladas de nieve, la fastuosa habitación del Ucraynia con piano de cola y sobrecama de seda, la Rusia intemporal sostenida por el bajo continuo de Fedor Chaliapin. Y al llegar a Francia el cuerpo exánime del Che cubriendo la primera plana del Paris Soir, el gesto ampuloso de los conserjes: "¡Complet, monsieur, complet: le Salon de l'Auto, monsieur!", y la madrugada deambulando con el fotógrafo panameño por los alrededores del Louvre, entre los bultos de estudiantes dormidos sobre los bancos. El encuentro casual con Sofía en una sucursal de correos, la visita guiada al antiguo París de las revoluciones, sin preguntas su maduro silencio solidario.

     Montevideo mostraba su rostro amable y confianzudo de entrecasa pero del otro lado tallaba la muerte. El viaje en ómnibus hasta Colonia nos restituía aromas y ritmos rurales de antaño, evocaba paseos en sulky con mi abuela Delfina por caminos de tierra cubiertos bajo las copas de las arboledas en la isla Martín García. Cruzar el estuario del Plata en aliscafo oyendo de nuevo el acento golpeado de mi ciudad me causaba una sensación de falsa familiaridad.

     Ya no había otra mejilla que ofrecer. Aun no comenzaba la guerra pero todo eran preparativos y aprestos para lo inevitable. Como en la tragedia griega, los protagonistas cumplían puntualmente su rol preestablecido, casi como conociendo los futuros desarrollos, movidos por una especie de fatalidad.       

     Ante la cercanía de un acontecimiento tendemos a dilatar el ceremonial, como si el hecho mismo, ese núcleo del devenir, fuera en verdad irrelevante. La realidad es la sala de espera de las utopías; la existencia, antesala de lo que no sabemos. Vivir es fragmentar una expectativa, seccionar la inminencia hasta dejar desnudo el átomo de tiempo que acorrala a la muerte.

     En todo eso pensaba para distraer la tensa espera mientras me abrían maletas y papeles en la oficina migratoria del puerto de Buenos Aires. 

Por lobitogabriel - 23 de Abril, 2006, 15:54, Categoría: cuento
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